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  Poesía, literatura y arte
Edición nº9

TEXTOS RESCATADOS
La literatura y el lenguaje según José María Valverde
Autor: J. J. M. Ferreiro  |  Publicado en: Octubre de 2008

 

Dentro de la amplísima obra que ha publicado José María Valverde, hay una pequeño ensayo publicado por la Editorial Montesinos en 1982 titulado: “La literatura que era y que és”. En este libro, Valverde, analiza y reflexiona sobre las raíces de la literatura: el lenguaje, sobre su origen y entresijos en su más íntima relación con el ser humano, que hace manifestar su inteligencia pero que también a su vez la limita y llega mediante él o a su pesar a lo incomprensible del cosmos y sus circunstancias.

“Rescatamos” en este artículo algunos jugosos y brillantes momentos de la primer parte de la obra

LA LITERATURA COMO LENGUAJE

¿Qué es literatura?

Sería anti-literario empezar dando una solemne definición abstracta: por lo pronto, sólo está claro que es asunto del lenguaje; quizás algún modo especial del lenguaje, o quizás algunos privilegiados trozos del lenguaje que no cesan de existir cuanto terminan de pasar y de oírse.

Hacia el lenguaje

Incluso ahora, son sólo poquísimos los que tienen “conciencia lingüística” –sin duda, más vale que sean pocos, porque la irrecuperable pérdida de la inocencia, es decir, de la inconsciencia o semiinconsciencia en cuanto al lenguaje, puede ser una alienación perturbadora en nuestra vida mental, fugaz para unos, irreversible para otros, quizá sobre todo para quienes estén dedicados a la actividad intelectual………. La conciencia lingüística a lo que más se parece es al cáncer.

“Del aire al aire, como una red vacía” (Neruda)

La autonomía –nunca independencia aislada- caracteriza a lo que llamamos palabra –palabra ésta muy ambigua, pues lo mismo incluye los sustantivos que los adjetivos, que los verbos, o esos curiosos elementos que relacionan palabras –“de”, “con”- o unidades de frase –“y”, “o”- o algunos otros –decisivos- que no se ve por qué la gramática llama adverbios, “sí” o, aún más problemáticamente, “no” –extraña pieza esta, si bien se mira, que no hace sino borrar lo dicho; y ¿cómo se ha podido decir entonces?-; y, sobre todo, las dos parejas que Bertrand Russell llamó particulares egocéntricos”: “aquí-“ahora”, y “yo”-“tú”. Que estas piezas se puedan usar a veces como palabras –el aquí y el ahora”, “el yo transcendental”- no hace que lo sean básicamente ¿Qué palabras serían esas que cambian de sentido según dónde y cuándo se digan y según quién las diga? Lo menos que se le puede pedir a una palabra es que no cambie radicalmente de significado aunque se la desplace, se la deje de un día para otro, o la repita otra persona. Y por lo que toca a “Yo-Tú” –nos convendrá recordarlo a efectos literarios-, si decimos; de acuerdo con la gramática, que Yo es la primera persona, además de cometer una grosería, nos engañamos, por lo que toca al lenguaje, porque la verdadera primera persona es Tú, en apelación al hablar, o incluso anteriormente, dirigiéndonos la palabra a nosotros mismos –se habla sólo a alguien-; luego vendrá la mal llamada tercera persona, pues, aunque sea persona, se la trata como cosa, como el “ausente”. El Yo es lo último, y, a todo efecto, lo que menos se da en el lenguaje. Incluso en la evolución infantil me parece que ocurre así: un tío mío me contaba que una vez, al poner a un hermano mío pequeño ante el espejo y preguntar quién era, obtuvo como respuesta: -El nene-. Unos meses después, repetida la operación, el niño contestó: -Yo-. Mi tío comentaba socarronamente -¡Había nacido en él la intuición del Yo transcendental!- El lenguaje hecho de generalidades, de palabras universales, abstractas y vacías, se carga de realidad, con posibilidad de servirnos para una aproximación a lo concreto individual, gracias a esas dos parejas, Aquí-Ahora, Yo-Tú, igual que una red eléctrica al conectarse con la fuente de energía ¿De qué me sirve el diccionario de una lengua que no sé? Una palabra, en él, remite a otras palabras, y así sucesivamente, sin fin, hasta que alguien me diga –en una circunstancia compartida en “presencia” y “comunidad”- “La palabra tal significa esto” (esto que te enseño aquí y ahora). De ese modo, unas pocas palabras pueden ir dotando de sentido al resto.
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........................................... las palabras valen porque están en una unidad amplia, fluyente, que va precisando, poco a poco y sólo hasta cierto punto, su sentido, y que es lo que verdaderamente “se dice”, discurriendo y complicándose incluso con ramas de otros verbos en incisos y subordinaciones, con una orientación sólo a medias abierta: el avance de la melodía de la frase, bajo cuya organización musical van tomando su carácter propio y necesario las inflexiones sonoras de cada parte. Y esa melodía ha de llegar a un término, por ley más sonora que lógica: el punto. Después empezará otra unidad, más o menos en recuerdo, continuación o contraste con la anterior. Pero esa melodía unificadora, realmente cambiante, a la vez que análoga de lengua a lengua, va orientando el avance, desde un “antes” a un “después” en el tiempo, de una estructura atenida a una serie de leyes –sólo en cierto sentido analizables lógicamente-; sistema rígido, aunque abra una innumerabilidad de estilos y formas de aplicación concreta: es la sintaxis, el corazón de la gramática.

El lenguaje, origen del hombre

Una dificultad inherente al lenguaje está en que empezamos dando tácitamente por supuesto que el lenguaje es algo natural, como el respirar o el comer –y como andar, habría dicho yo hace unos años, pero he llegado a ser dolorosamente consciente de que el andar en dos pies es el otro rasgo, junto con el hablar, que hace del hombre un animal desnaturalizado –y aún contra natura-: según suele advertirnos los médicos cuando ya es tarde, la columna vertebral humana, con su montaje de huesos, cartílagos y nervios, a pesar de lo miles o millones de años que llevamos caminando sin ramas y sin asirnos, sigue siendo un artefacto poco apropiado para la verticalidad, y sólo retorna a su naturalidad más cómoda cuando nos ponemos a cuatro patas. A la fuerza obligamos a los niños a andar en dos pies, cosa que no haríamos jamás si les dejáramos en paz: tampoco hablarían si no tuvieran nuestro ejemplo, pero esto parece gustarles más. En todo caso, hay que recordarlo: si al niño no se le sumerge en lenguaje una vez alcanza la edad apropiada, hasta que tiene alrededor de cuatro o cinco años, pierde definitivamente la oportunidad de hacerse un ser humano ..................
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.................................... El lenguaje no puede ser producto de la evolución biológica general, entre otras cosas, porque, desde el punto de vista natural, sería un error garrafal, un mutante que acaba por llevar la contraria a la vida, poniéndola en riesgo de desaparecer..... Sin el lenguaje, no habría ciencia, ni tecnología, ni, por tanto, la actual y creciente probabilidad de que hagamos desaparecer toda vida por contaminación nuclear......
El lenguaje, en efecto, es el instrumento con el que ha sobrevivido –incluso, hoy en día, proliferando como un cáncer- esta especie tan mal dotada para el mundo que es la humana, pero es a la vez lo que más hace peligrar a esa misma especie, armando unos hombres contra otros.... Incluso en la vida diaria, sacrificamos el instinto de conservación “al instinto de conversación”-tomo el juego de palabras del poeta José Luis Alegre Cudós-, a las ganas de hablar, que a tantos peligros nos lleva.
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El lenguaje como límite creador

Cada niño, contagiado por los demás, se ve arrastrado hacia delante por el lenguaje que le hace inteligente, y que, a la vez, condiciona su alcance y su funcionamiento mental precisamente conforme a la estructura y al campo del lenguaje. Nietzsche advirtió, con su irónica ambigüedad: “Tenemos que dejar de pensar si nos negamos a hacerlo en la cárcel del lenguaje, porque no podemos ir más allá de la duda que pregunta si el límite que vemos es realmente el límite”. Extraña cárcel, porque no deja concebir que se esté fuera, y porque es nuestra de ser a la vez que su defecto y limitación”.
Quejarse de la limitación del lenguaje es tan tonto como quejarse de que sólo tenemos dos piernas, o más técnicamente, de que sólo percibimos ciertas longitudes de onda. Si lo percibiéramos todo, no seríamos humanos, ni aun quizá ningún ser determinado. Nuestro límite es nuestro ser: somos gracias a él. Hoy cabría aplicar al lenguaje la imagen que Kant aplicó a las formas y categorías de la mente: la paloma que, notando la resistencia del aire, pensaba que volaría mejor en el vacío. Sin lenguaje –digan lo que quieran los sabios orientales, con tal de que lo digan –seríamos idiotas sin más. Ahora es moda –como parte de la gran batalla contra el lenguaje en la civilización actual- hablar mucho de “expresión corporal”, de lenguaje animal” y de otros mitos semióticos: pero el cuerpo, suponiendo que realmente exprese algo, lo hace gracias a que previamente hay lenguaje, a que vivimos en un mundo dotado de sentido y estructura por el lenguaje……………. Un perro comunica a otros su alarma –sin precisar su contenido- pero no aludirá a ella una vez pasado el peligro. Una abeja, con su famosa “danza” puede –según dicen- comunicar a sus compañeras, la dirección, la distancia y aun la abundancia del néctar, pero no les trasmitirá un mensaje como: “Lo siento chichas, pero hoy no hay nada”, ni mucho menos: “Os acordáis de lo de ayer” Es decir, el lenguaje distancia al hombre de su situación inmediata, colocándole en un plano de referencia a todas las situaciones análogas, conocidas e imaginables, y ello no primariamente a efectos de “comunicación”, ese término de que tanto se abusa hoy bajo la actual idolatría de la informática y la lógica. El lenguaje que desde el punto de vista natural, parece, sino una aberración, un regalo, aunque acaso envenenado, o un lujo, se usa básicamente como un lujo, nombrando lo que se ve y lo que pasa –así hablan más los niños-, y en ese está su aspecto de cántico –“asombrado de ser: ¡cantar”, dijo el poeta de “Cantico”
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Pero el lenguaje, a la vez que se establece como regalo gracia y lujo, se hace también necesario por la fugacidad y la ausencia de las cosas: el lenguaje conserva en la memoria lo que no estuvo y ya no está, y nos hace sentir su nostalgia y seguirlo nombrando como único modo de que siga estando en nuestra vida
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…………………. el lenguaje, esas redes entrelazadas en movimiento, buscando concretarse en palabras: si alguna vez nos falta una, es como un agujero que queremos llenar cuanto antes. Ante todo, una observación obvia –todo lo referente al lenguaje es obvio, y por ello mismo no puede ser consciente-: el lenguaje es continuo e inevitable. Una damita de “Los caballeros de Verona” de Shakespeare, dice “Soy mujer, y no puedo pensar sin hablar”. Eso nos pasa igual a los hombres, a todos y en todo momento. No escapamos al lenguaje ni en sueños, y aún no hemos despertado del todo cuando ya el lenguaje nos está trayendo nuestra identidad y nuestra memoria, para no dejar de imponérnosla hasta el apagón del dormir total. El lenguaje nos pasa, y marcha a la deriva en la medida en que nos queremos y logramos sujetarlo firmemente con vistas a ponernos algo en claro. Por si mismo, saltaría de bobada en bobada, arrastrado por semejanzas de sonido, por asociaciones triviales de la memoria (véase técnica de la “palabra interior” en el Ulises de Joyce)


Biografía de José María Valverde


Nació en 1926 en Valencia de Alcántara (Cáceres), y pasó su infancia y adolescencia en Madrid, donde estudió y vivió gran parte de su vida. Aunque Dámaso Alonso le tenía por una gran promesa de la filología, se matriculó en Filosofía y se doctoró con una tesis sobre la filosofía del lenguaje en Wilhelm von Humboldt. Ese mismo año se casó con Pilar Gefaell, con la que tuvo cinco hijos. A los 29 años, en 1956, obtiene la cátedra de Estética en la Universidad de Barcelona. Esta etapa y sus experiencias como profesor las cuenta en La conquista del mundo (1960). Participó en las revistas literarias de su época y en numerosas publicaciones periódicas, donde fue publicando gran parte de su pensamiento. Él mismo decía que era un poeta metido a filósofo, y no al contrario. Se dedicó al estudio de la historia de las ideas, colaborando con Martín de Riquer en una Ambiciosa Historia de la literatura universal (1957, muy ampliada posteriormente) y escribiendo él solo una Vida y muerte de las ideas: pequeñas historias del pensamiento(1981). Con un claro compromiso social y político, cristiano y antifranquista, apoyó la causa popular en Centroamérica (Cuba; el sandinismo: se relacionó con los poetas nicaragüenses exiliados Julio Ycaza, Luis Rocha y Fernando Silva). Por motivos políticos, (solidaridad con los profesores Enrique Tierno Galván, José Luis Aranguren y Agustín García Calvo, expulsados de la universidad de Madrid por las autoridades académicas franquistas) renunció a su cátedra en 1964 y se exilió. Se le atribuye una frase ya célebre, escrita en la pizarra a modo de despedida: Nulla aesthetica sine ethica. Ergo apaga y vámonos. Marchó a los Estados Unidos, donde fue profesor de literaturas hispánicas y comparada, (Virginia, McMaster) y luego a Canadá; en este último país fue catedrático de literatura española en Universidad de Trent.
La editorial Trotta de Madrid ha asumido la edición de sus Obras completas, de la que lleva al escribirse estas líneas cuatro tomos: el primero de poesía (1998), el segundo y el tercero de estética y teoría literaria, y el cuarto de historia de las ideas. Murió en Barcelona en 1996, a los setenta años, de una enfermedad terminal, mientras dedicaba sus últimas energías a investigar la obra de Kierkegaard.


Labor
 
De su obra crítica merecen destacarse Estudios sobre la palabra poética (1952), Humboldt y la filosofía del lenguaje (1955), Historia de la literatura universal (1957), Cartas a un cura escéptico en materia de arte moderno (1959), Vida y muerte de las ideas: pequeñas historias del pensamiento (1981), Diccionario de estética o sus monografías sobre Azorín (1971), Antonio Machado (1975), Joyce (1978 y 1982) o Nietzsche.
Destacan sus traducciones del alemán (Hölderlin, Rilke, Goethe, Novalis, Brecht, Christian Morgenstern, Hans Urs von Balthasar) y del inglés (teatro completo de Shakespeare en prosa -que renovaron las ya añejas de Astrana-, o las de Charles Dickens, T. S. Eliot, Walt Whitman, Herman Melville, Saul Bellow, Thomas Merton, Edgar Allan Poe, Emily Dickinson, o el Ulises de Joyce, por la que recibió el Premio de traducción Fray Luis de León, en 1977). En 1960 había recibido este mismo galardón por una antología de Rainer Maria Rilke. En 1990 se le concedió también el Premio Nacional a la obra de un traductor. Tradujo además algunos poemas de Constantino Cavafis del griego moderno, el Nuevo Testamento, del griego antiguo, y a Romano Guardini, del italiano.
Preparó, además, ediciones críticas de Antonio Machado, uno de sus autores preferidos (Nuevas canciones, De un cancionero apócrifo y Juan de Mairena) y de Azorín (Artículos olvidados y Los pueblos), antologías generales de la poesía española e hispanoamericana y particulares de Luis Felipe Vivanco, Miguel de Unamuno y Ernesto Cardenal. La problemática del arte actual encontró eco en su libro Cartas a un cura escéptico en materia de arte moderno (1959).
Inscrito dentro de una particular corriente de existencialismo cristiano dentro de lo que él llamó, con Dámaso Alonso, prologador de algún libro suyo, poesía desarraigada, sus primeros poemas tienen una temática religiosa. Luego fue introduciendo en sus versos nuevos asuntos, cada vez más humanos, acercándose a planteamientos marxistas. Se ha dicho de él que era un cristiano marxista, con planteamientos cercanos a las tesis de la Teología de la Liberación. Su obra se caracteriza por un acentuado humanismo con toques intimistas, que lo convierten en una de las más brillantes figuras del panorama poético español.
Poeta de libros orgánicos, donde el conjunto es superior a la suma de los poemas constituyentes, su estilo se caracteriza por la sencillez expresiva y la lengua castiza, buscando siempre la desnudez y la precisión léxica, sin retoricismos innecesarios, casi coloquial, en lo que sigue la tradición de Antonio Machado. Esa ansia de depuración le llevó a extirpar numerosos poemas de sus compilaciones últimas, sucesivamente cada vez más reducidas. Algo de eso se puede ver en su famoso poema sobre sobre los ahorcados de François Villon. Sus preferencias métricas van por el arte mayor y el verso alejandrino.
Obtuvo entre otros, el Premio Nacional de Poesía en 1949, el Premio de la Crítica en 1962 y el Premio Ciutat de Barcelona por sus Poesías reunidas 1945-1990. De su obra poética, cabe mencionar los poemarios Hombre de Dios en 1945, La espera en 1949, Versos del domingo en 1954, Voces y acompañamientos para San Mateo en 1959, La conquista de este mundo en 1960, Años inciertos en 1970, y Ser de palabra en 1976.
 


Documentación biografía : Enciclopedia virtual Wilkipedia.



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